
Diógenes no podía creerse a si mismo., no podía contener la emoción ni las lágrimas. Su amor de toda una vida lo dejaba, se le hacia un nudo en la garganta y no hallaba las palabras para la despedida, sentía como si un gigantesco puño le arrancaba el corazón.
Diógenes Santander, es un hombre de 55 años, gordito, obeso grado uno, según su doctor, también de la misma fuente, recibió la noticia de ser hipertenso, y con algo de colesterol elevado.
Trabajó toda una vida en un empleo en la “zona”, hasta jubilarse pero en el intermedio creó su propio negocio con varias unidades de transporte.
En su juventud a Diógenes Santander, le gustaba tomarse unos cuantos tragos mientras jugaba billar cada fin de semana, fue en ese juego donde notó que desarrolló una gran habilidad visual para los ángulos y las distancias. Pero, apesadumbrado como estaba al día siguiente de la partida de su esposa, no notó que se tropezó con la mecedora al dirigirse hacia el baño esa madrugada, lo que sí notó fue cuando golpeó su pie derecho contra la pata del comedor mientras pasaba al lado de la mesa para encender el televisor de la salita.
Recordaba mientras veía a los atletas olímpicos, los años de su juventud cuando le encantaba el deporte. Recordaba vividamente como conoció a María Gilma, en un juego de béisbol en el estadio “Juan Demóstenes”, la gentil y grácil figura de la chica, lo flechó directo al corazón, se le acercó, dizque para conversar de béisbol pero obtuvo la dirección y el teléfono y desde ese día la llamó todo los días, hasta que aceptó echarse el lazo con él.
Como todo matrimonio tuvieron sus altas y bajas pero siempre se sobrepusieron y siguieron juntos hasta convertirse en padres de dos gentiles muchachos y una bella chica tan encantadora como su madre.
Ahora se sentía mal y más pues empezó a ver borroso y hasta la luz del farol que se colaba por la ventana le molestaba en el ojo derecho. Parecía tener una cortina que le impedía ver hacia el lado derecho de su ojo y continuamente tropezaba con las cosas de sus alrededores.