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Juan P de P murió en París sin un lamento y para gran consternación de sus familiares y amigos. Dicen las malas lenguas que murió de una borrachera.
Juan era hijo de Matilde y José, dos humildes maestros que por las ocupaciones y separaciones prolongadas que les impuso el consagrado ejercicio del magisterio en el interior del país, solo tuvieron un hijo. Desde niño se destacó por su actitud despierta, calida, respetuosa y con grandes deseos de aprender. A los cuatro años ya era un consumado lector. Siempre fue un muchacho alegre, un poquito pasado de peso, pero, nada que le impidiera bailar ágilmente los bailes de moda. En la pista se deslizaba con tal habilidad que parecía que se movía sobre patines. Al llegar a los 24 años se graduó en la universidad y con su titulo en “Economía, Comercio y Finanzas”, buenas notas y con la recomendación de sus maestros pronto se enroló en un trabajo en el sector publico.
A los 26 años apareció Maria Elena en su vida, una grácil muchacha, piel canela de hermoso rostro, cintura pequeña y flexible como el bambú y una figura de esas que paran el trafico en las avenidas y causan un tranque mayor que el que vemos en las quincenas, así que entusiasmado nuestro joven amigo, se rindió y se casó con María Elena. Al año siguiente nació su primera hija a quien emocionados llamaron Rosa, y al año siguiente su hijo Pedro Pablo, estos chicos se convirtieron en el orgullo de la joven pareja. Bueno así la historia de nuestro amigo, cuando llegó a los 35 años contaba con 11 años de experiencia y ya era jefe del departamento de planificación de un ministerio de nombre largo, de esos que abundan en las burocracias latinoamericanas, en la tarde laboraba en una empresa privada como sub-gerente y además estaba por iniciar su propio negocio. Nuestro amigo solo guardaba para sí un oscuro secreto. Nunca lo compartía, ni con su esposa, Maria Elena y menos con sus amigos del trabajo.
Era un fin de semana y del trabajo decidieron hacer un “paseo” a una hermosa playa en el litoral atlántico. Como es natural, decidieron irse en bus, para hacer juntos, un mejor ambiente. Ya en la playa se prendieron las fogatas para la carne asada, se encendió el equipo de sonido y se destaparon las conocidas “frías”. Juan P. de P. se tomo algunas, solo tres pintas, según recuerdo. Pero las malas lenguas dirían posteriormente que fueron más. El caso es que cuando la fiesta mejor estaba, Juan P. de P. se dirigió a la improvisada pista de baile con rostro sonriente y pasos firmes, bailo con la agilidad que lo caracterizaba durante cerca de 40 minutos, todos gozaba y se divertían. Todos estaban felices hasta el momento en que nuestro amigo sudoroso, pálida su faz, con hablar estropajoso y pasos vacilantes cayó boca arriba a un lado de la pista. Pasada la primera impresión, alguien dijo – ¡Cayó el primer borracho del paseo! Y lo dejaron allí tendido. Casi tres horas después alguien alertó al grupo pues no despertaba y comenzó el Via Crucis de regreso a la capital, a toda prisa. Algunas cosas personales se quedaron olvidadas en la playa pues todos subieron al bus que era su único vehículo. Huelga decir que siendo un “paseo” de un ministerio, los acompañaba un “guardavidas” certificado que hizo todo lo humanamente posible para despertarlo y luego se afanó haciéndole maniobras de resucitación cardiopulmonar. Y esto duró desde la costa Atlántica hasta la transísmica en un punto entre el puente de San Miguelito y la Lechería de la Estrella Azul, por eso dicen que se murió en París, pues dice su viuda que hasta que llegaron por allí aún respiraba. Tarde comprendieron, después de la autopsia de rigor, que a Juan P. de P, lo mató el secreto que guardada pues, los médicos dijeron que murió de hipoglicemia, una de las complicaciones que le ocurre a los diabéticos. Sí, nuestro amigo era diabético y nunca lo comunicó a su familia, amigos, ni compañeros de trabajo. Si solo hubiesen sabido que era diabético le hubiesen dado una bebida azucarada y se hubiera repuesto allá mismo en la playa donde se quedó tirado, inconsciente por varias horas, mientras su cerebro se deterioraba mas y mas sin azúcar para funcionar. Por esta y otras situaciones todo diabético debe comunicar su condición a las personas de su entorno y compartir con ellas información y educación que puede ayudar a salvar su vida en casos de urgencia. Todo diabético debe portar consigo una tarjeta como la que te mostramos en este escrito y que utilizamos en “LA ESCUELA PARA DIABÉTICOS” o un brazalete con un anuncio legible y los teléfonos necesarios para contactar a familiares y médicos que le atienden. No deben ponerse estos anuncios en joyas u objetos de valor que pudiesen ser hurtados del lugar en caso de un accidente o robo. Recuerda, esta historia es fruto de la experiencia e imaginación del autor, pero, si eres diabético apréndela para que no la hagas realidad. Ven y aprende como cuidar tu salud, inscríbete en la Escuela para Diabéticos al 229-5455. |