Para los animales y plantas solo constituye, al parecer, uno más de los fenómenos que salen al encuentro del tiempo y que por su repetida aparición terminan en una representación en algún lugar de sus instintos y desaparecen aún de la memoria.
Algunas veces, la lluvia nos invita a permanecer en la cama y disfrutar del tamborileo de las gotas que retozan rebotando en los techos de las casas para luego dejarse resbalar por el tobogán de tubos que las lleva hasta el suelo. Otras veces la lluvia y la inundación nos empujan a dejar el refugio del hogar para salvar la vida.
La lluvia como fenómeno impregnado de esta dualidad de sentidos está representada desde el diluvio universal, como terminación y muerte de unos y como limpieza y renacimiento para otros. Como tal se ha mantenido por millones de años en un ciclo donde cada molécula de agua habrá recorrido los mismos lugares innumerables ocasiones.
Desafortunadamente el hombre con su desarrollo tecnológico y cotidiano quehacer ha introducido elementos nuevos en este ciclo.

Desde que el hombre inició el uso del fuego como herramienta inició la contaminación de la atmósfera y de la lluvia que descendía cargada de las partículas contaminantes de regreso al suelo. Durante millones de años esta actividad tenía una escala tan pequeña que podía ser ignorada y su efecto se diluía ante la gran magnitud de los recursos del planeta para absorber y nulificar el efecto contaminante.
Sin embargo el efecto contaminante de los procesos humanos se acentuó de manera exponencial desde hace aproximadamente 200 años con la aparición de las máquinas complejas de vapor y aquellas que le siguieron como el motor de combustión interna a base de gasolina o diesel. Estas máquinas ayudaron al humano a doblegar la naturaleza y posibilitaron portentos de la construcción como el Canal de Panamá, pero su multiplicación por millones también significó la producción de una cantidad de contaminantes ambientales en una proporción nunca antes vista.
Adicionalmente las defensas planetarias, representadas por sus bosques purificadores fueron diezmadas por el “avance de la civilización”. Aun me parece que fue ayer cuando contemplaba unas revistas que anunciaban el avance de los trabajos de la “nueva y moderna” carretera Panamericana que uniría Alaska con la Tierra del Fuego. En estas publicaciones abundaban las ilustraciones de poderosos tractores derribando enormes árboles de las selvas continentales para construir la vía que uniría a todos los países de la región y los llevaría “directamente y sin escalas” a formar parte del mundo desarrollado. Solo recordarlo me horroriza pues ejemplifica lo que hemos hecho con muchos de los otros seres vivos con que debíamos compartir el planeta de una forma equilibrada para que fuera perdurable.
Han pasado cuarenta años y aunque hemos avanzado no somos parte, aún, del mundo desarrollado. La selva ha sido destruida y con ella se han perdido sus riquezas biológicas antes de ser descubiertas. El único fragmento sobreviviente a este avance de la civilización es el tapón del Darién pero al ser visitado muestra las profundas heridas y cicatrices de la deforestación.
Como quiera que el entorno ha sido invadido por los autos, fábricas y otros enseres productores de humos y la selva parece que ha perdido la lucha por sobrevivir ahora tenemos que vivir con el fenómeno de la lluvia ácida.

Esta lluvia ácida trasporta los contaminantes aun a regiones muy lejanas de los lugares donde se produjeron los humos originales. Cuando cae en regiones cubiertas de vegetación este grado exagerado de acidez, impide la germinación de las semillas, la plenitud de las flores y la alimentación normal de las plantas. En conclusión, poco a poco, la vegetación muere.
“El agua siempre busca su nivel” reza un viejo proverbio y literalmente lo hace también, la lluvia ácida. Esta agua contaminada llega a ríos, lagos y lagunas donde sus contaminantes y su grado de acidificación trastornan la función de la vegetación acuática, de la microflora del agua, del plancton de los océanos y poco a poco las formas de vida en lagos y lagunas también desmejoran y mueren.
¿Cómo puede ocurrir esta mortandad y disminución de la biodiversidad? Pues entre otras cosas porque el plancton de las grandes masas de agua es responsable del 95% de toda la fotosíntesis del planeta. Es decir 95% del proceso más importante para el sustento de la vida planetaria.
Este transporte de sustancias contaminantes se realiza a tales distancias que los humos producidos por las centrales termoeléctricas de Inglaterra se precipitaban afectando los ecosistemas de Suecia. Esto fue presentado a la comunidad internacional ya en el año de 1972.
Te diremos que a través de varias etapas de transformación química el azufre presente en el humo de los motores y fábricas alimentados con combustibles fósiles (petróleo) termina convirtiéndose en ácido sulfúrico. Sí, así como lo oyes, ÁCIDO SULFÚRICO, esto claro destruye la vida vegetal y animal. La capacidad del suelo para asimilar las materias orgánicas se deteriora y por tanto el ciclo de los elementos nutrientes de las plantas se interrumpe. Esto se pone de manifiesto por un tono amarillento de la vegetación que agoniza. Bueno te diremos, que hasta las poblaciones de peces se ven afectadas y desaparecen de los ríos y lagos donde van a dar finalmente los contaminantes de la lluvia ácida.

Sin embargo un efecto de esta contaminación que ha llamado mucho más rápidamente la atención pública ha sido el daño que produce sobre estructuras arquitectónicas y sobre valiosas obras de arte expuestas al ambiente. Tal es el caso de innumerables estatuas, fuentes, frisos y capiteles de ciudades del viejo continente. Esto aparte de la pérdida del capital artístico también aleja a los capitales derivados del turismo. Con frecuencia podemos ver como las hermosas estatuas de mármol de lisa superficie van perdiendo esta lisura pues se decoloran, y presenta poros que se agrandan convirtiéndose en francos huecos. Las narices y otras partes sobresalientes de las estatuas se vuelven rugosas, tal como si sus personajes hubiesen sido atacados por la lepra.
Si al impacto de la lluvia ácida sumamos el daño a la capa de ozono y el llamado efecto invernadero parece que nos debemos preparar para un cataclismo. En nuestra área vemos ejemplos de lo que ocurre al acabar con los bosques, Haití, por ejemplo ya no tiene bosques y lo único que crece allí es la pobreza, bueno espero que en algunas partes todavía crezcan algunas de esas llamadas “flor de la Esperanza”.
Es importante que todos nos hagamos conscientes de este tipo de contaminación y de que los riesgos reales que representa son amenazas para el desarrollo de una sociedad más justa y con derecho a un ambiente saludable pero sobretodo que logremos una convicción firme de que todos tenemos muchos “deberes” que cumplir para proteger a este pequeño punto del universo que es nuestro único hogar.