La adolescencia es una edad dorada, privilegiada físicamente pues la naturaleza dispone que el organismo esté en las mejores condiciones físicas y con la mayor agudeza mental.
El surgimiento de las hormonas estimula el desarrollo de las masas musculares y de los acumulos de grasa corporal en los lugares que conforman la típica constitución femenina y masculina. En el transcurso de un par de años, el niño se ve en completa posesión de un nuevo cuerpo con características formidables.
Este nuevo cuerpo puede saltar, correr, jugar como nunca antes lo pudo hacer. No es de extrañar que el adolescente se vuelva un poco presumido al hacerse consciente de sus nuevas capacidades y de su “portentosa” apariencia.
Nuevamente las hormonas entran en juego y en todas las especies es la época considerada como la mejor para la reproducción. Sin embargo, voluntariamente (mentira, por imposición social) nuestra especie pospone esta función para cuando no solo estamos físicamente aptos, sino para cuando nuestra formación académica y lugar dentro de la jerarquía social estén en un grado elevado.
Como quiera, el adolescente se vuelve deseoso de mirar y “ser mirado”. -¡Wao, que bien se ve María!- se oye exclamar. – ¡Pues Patricia esta super bonita!- ¿Qué te pasa? ¡Eriza es la mejor! Este tipo de conversación es la norma en la adolescencia, claro, sazonada con algunos detalles que contribuyen a exaltar las “fortalezas” de cada candidata pero que no me atrevo a contártelas aquí. Por otro lado, te diré que las chicas de hoy tienen diálogos similares salpicados con un repertorio de detalles “anatómicos y técnicos” que hubieran enriquecido la obra de Leonardo.
Pero el ser tan explícitos para mirar y describir a los otros también los hace ser muy susceptibles a lo que les dicen cuando son “mirados”. Los comentarios se hacen con mucha mordacidad y los apodos crueles podrían durar toda una vida. (Orejas de burro, dientes de caballo, etc.). También los adjetivos “buenos” podrían ser duraderos (labios de fuego, ojos de cielo, etc). Esto hace crecer o bajar la autoestima de los jóvenes. Su apariencia pasa a situarse en el primer plano de las preocupaciones para ellos.
Los padres no pueden comprender por que Ramirito (14 años) suspira por un gimnasio casero y una camisa con los colores de moda. Por otro lado, Lucía (16 años) presiona a sus padres para que cuando terminen con el tratamiento de los frenos le manden a operar la nariz. Lo que aún no les dice es que está proyectando para después una operación para aumentarse con silicón las “bobies” hasta donde la mirada pueda llegar, el presupuesto familiar alcance o “hasta el infinito y más allá” como se decía en la vieja serie de TV.
Lamentablemente, el estilo de vida moderno ha alterado la situación de muchos adolescentes pues desde la niñez padecen de obesidad. El sedentarismo, el exceso de comida chatarra provienen de la prisa de vivir que caracteriza a nuestra época. Claro, estamos con prisa por ver todos los programas así que cambiamos continuamente de canal o vemos televisión todo el día. Cuando nos aburrimos de ver televisión, cambiamos de rutina para jugar video juegos (mejor dicho cambiamos el switch), chatear por el celular, o “surfear” en Internet. Claro, acompañados de la inseparable soda que nos hace “disfrutar la vida” y los snacks de coloridas etiquetas (diseñadas con la misma finalidad que los anzuelos multicolores de las tiendas de pesca).
Esta “forma de vivir” fomenta la obesidad y este acumulo de grasa superior al normal de nuestra especie trastorna la visión de sí mismo que tiene el adolescente disminuyendo su autoestima. Los “cariñosos” comentarios de sus amigos, que muy amablemente le titulan “la gorda Estela” o “Moby Dick” terminan con su autoestima.
Adicionalmente están las limitaciones físicas que le impiden lucir grandes habilidades como las de sus compañeros. Y en no pocas ocasiones, las complicaciones como la diabetes, la hipertensión, la depresión, dolores óseos en espalda, rodillas, tobillos y pies.
Claro, el adolescente se defiende de estas agresiones emocionales y se auto proclama “un gordo feliz”, pero en los años que llevo de experiencia no he encontrado uno solo de estos ejemplares que sea feliz de verdad. Siempre debajo de la tranquila superficie de su personalidad se esconde la inseguridad en si mismo y la rabia por ser de esa manera. Algunos afortunados también poseen la fuerza de carácter y el intenso deseo de cambiar su destino. Otros NO.
Los que no poseen este deseo solo se van resignando a su suerte pues esta determinación no puede imponerse ni comprarse. Si encuentras alguno con ese deseo de cambiar, entonces las cosas serán diferentes. A estos jóvenes solo basta enseñarles las técnicas correctas de administración de la actividad física y un buen plan de alimentación para que su vida de un cambio completo.
Lo difícil es que para esta generación que ha crecido pegados por el cordón umbilical a un joystick o a un mouse, el hacer casi cualquier tipo de actividad física como caminar o jugar un deporte equivale a casi una agresión (trabajos forzados).
Por otro lado, son muy proclives a iniciar dietas de desnutrición o a dejar de comer del todo. Por eso vemos tantas caras juveniles con apariencia anoréxica. También la moda y los medios de comunicación han jugado un papel relevante en la difusión de la idea de que la “flaqueza es belleza” y los jóvenes han olvidado que tiempo atrás a nuestros defectos se les conocía como nuestras flaquezas.
De ser usted, estimado lector, padre de un adolescente, le aconsejo estar atento a estas señales y conversar con su hijo o hija. Juntos, pueden buscar información o consejos de cómo encarar adecuadamente la situación pero sobre todo, usted tiene la responsabilidad de hacerle conocer que existen procedimientos científicos que pueden ayudarle a controlar de forma efectiva su peso. También debe esforzarse en que su hijo o hija entienda que cuando el ser humano crece, madura y se perfecciona, el imán que atrae a unas personas hacia otras es su personalidad y en mucho menor grado su “pechonalidad”. |
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2010-03-1823:33:47